¿Alcanzamos el límite de nuestra inteligencia?

Durante el último siglo, las mediciones del coeficiente intelectual han ido al alza con cada generación. Pero nuevos estudios sostienen que esa tendencia se estaría estancando o incluso revirtiendo.

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La ciencia lo comprobó: los seres humanos aumentaron significativamente su inteligencia durante las últimas décadas. Generación tras generación, durante al menos cien años, la tendencia irrefutable era que los niños fueran más inteligentes que los del período anterior. Esto es lo que se conoce como “efecto Flynn”, en honor al investigador neozelandés que, en 1984, descubrió esta particularidad, derivada del aumento del nivel educacional y las mejoras en higiene, la nutrición y la seguridad en el mundo.

Los datos recogidos en 30 países le sirvieron para argumentar que en todas partes, las nuevas generaciones se habían visto obligadas a desarrollar un pensamiento lógico y una capacidad de abstracción muy superiores a las que tenía la generación precedente, simplemente, por supervivencia. En Estados Unidos, por ejemplo, el C.I. promedio se elevó 18 puntos en tres décadas; en Dinamarca, 20; en Singapur, 23 y en Hong Kong, 24. En Chile, según una medición equivalente a la de Flynn, del doctor en Sicología Cognitiva y profesor de la Escuela de Sicología de la Universidad Católica, Ricardo Rosas, el coeficiente intelectual subió 25 puntos en solo tres décadas.

Sin embargo, esa tendencia parece estar llegando a su fin, como ha probado la investigación de Richard Lynn, investigador de la Universidad de Ulster, en Gran Bretaña, y experto en inteligencia comparada. Según el especialista, en países como Gran Bretaña, Dinamarca y Noruega este efecto no solo se habría estancado, sino que los puntos de C.I. incluso estarían disminuyendo. El futuro se ve aún menos prometedor: según uno de sus estudios, realizado en conjunto con el investigador John Harvey y publicado en 2008, se prevé una disminución de 1,28 puntos del C.I. mundial de aquí al año 2050. La culpa la tendría, paradójicamente, el desarrollo de nuestra especie.

El poder del ambiente

El investigador Michael Woodley, experto en inteligencia colectiva de la Universidad de Londres, explica a La Tercera que hay dos factores estrechamente relacionados con la inteligencia. La primera es la disgenesia, inicialmente discutida por Sir Francis Galton en 1860. Esta es la tendencia de las personas con menores niveles de inteligencia (debido a menor acceso a la educación, a salud de calidad y a buena alimentación) a tener más hijos que aquellos con mayores niveles de coeficiente intelectual. Con el paso del tiempo, esto haría disminuir la inteligencia media de la población, ya que las personas más inteligentes heredarían sus aptitudes superiores a un menor número de individuos, mientras que aquellos con menor coeficiente se lo traspasarían a un mayor número de hijos. Este fenómeno, conocido como inteligencia genotípica, es decir, relacionada con el potencial genético para desarrollar el intelecto, sólo comenzó a ser visible desde el siglo XX, ya que antes del XIX, la norma era que aquellos con mayor educación y estatus social tuvieran más hijos sobrevivientes que aquellos con menores recursos.

Sin embargo, el siglo pasado el mundo cambió y surgió el otro factor que describe Woodley: el “efecto Flynn”, que se relaciona con otro tipo de inteligencia, la fenotípica, es decir, aquella que es susceptible a las variaciones del ambiente. Este describe cómo las mejoras del entorno, relacionadas con los mejores indicadores de nutrición, educación y seguridad, aumentaron la posibilidad de las próximas generaciones de desarrollarse intelectualmente. Según Woodley, este efecto logró compensar la disgenesia, ya que su incidencia mostró ser mucho mayor. Si la selección natural implicaba una pérdida de alrededor de un punto de C.I. por cada 25 años, el “efecto Flynn” lograba aumentar el intelecto en hasta tres puntos por década.

Y aquí es donde Richard Lynn da fuerza a su argumento: en el mundo desarrollado, las condiciones ambientales que lograron hacer crecer la inteligencia fenotípica al punto de enmascarar la disminución genotípica, están llegando a su fin, ya que los individuos han alcanzado condiciones óptimas de desarrollo, difícilmente mejorables en el futuro. En palabras de Woodley, puede que “simplemente hayamos alcanzado nuestro límite de especialización cognitiva en muchos lugares y que, como un elástico, obtengamos retornos decrecientes a medida que pasamos el punto de elasticidad cognitiva, por decirlo de algún modo”. Esto, sumado a la agudización de la disgenesia, ya que las personas más educadas (y más inteligentes) tienen cada vez menos hijos.

Demasiados estímulos

A pesar de que mucho se ha discutido sobre el efecto de internet, las nuevas tecnologías y la simplificación de la vida sobre las habilidades cognitivas de las personas, no hay resultados concluyentes. Eso sí, se ha comprobado que los diferentes estímulos son capaces de alterar las variables genéticas de las personas y el traspaso de ellas, incluidas las relacionadas con la inteligencia, a las generaciones venideras. La variación epigenética es real, como lo prueba un estudio de 2009 publicado en Neuroscience, que manipuló genéticamente la memoria de un grupo de ratones, empeorándola, y luego los dividió en dos grupos. A uno le dio estimulación para mejorar sus habilidades motoras. Al otro, no. Los ratones del primer grupo superaron la deficiencia para la que habían sido programados genéticamente y lograron traspasar estas mejoras a su descendencia. Lo mismo podría ocurrir al revés, cuando el ambiente no es capaz de estimular adecuadamente el intelecto y el traspaso a la próxima generación sufre las consecuencias.

Según Michael Woodley, incluso la violencia de la sociedad moderna podría explicar la reversión del “efecto Flynn”. De acuerdo al trabajo del investigador, en el mundo del siglo XX, pese a todos los acontecimientos bélicos de esa época, las personas se sentían más seguras de su entorno, lo que les daba un margen de tiempo mucho más largo para adquirir recursos cognitivos especializados; no había amenazas significativas en el ambiente, por lo que las personas podían pasar largo tiempo entrenando estas habilidades. Pero hoy, sostiene, al ser la violencia algo común, ya sea la que se ve en las calles o la que se experimenta a través de la información de los noticiarios, los niños del mundo desarrollado están “acortando sus preferencias de tiempo y no desarrollarán el mismo impulso por aprender y especializarse que sí tendrían en ambientes más seguros”.

En nuestro país, aún en vías de desarrollo, todavía disfrutamos del aumento de la inteligencia del “efecto Flynn”. Jonathan Plucker, profesor de Sicología Educativa y Ciencias Cognitivas en la Universidad de Indiana, EE.UU., dice a La Tercera que espera que en Chile “el ‘efecto Flynn’ continúe presente por muchos años más”, debido al aumento sostenido del PIB per cápita (símbolo del bienestar económico y social) y la estabilidad política. Es más, en un cuarto de siglo podríamos llegar incluso al nivel de casos de estudio de inteligencia como Finlandia. El doctor Heiner Rindermann, profesor del departamento de Sicología de la Universidad Técnica de Chemnitz, en Alemania, proyectó para La Tercera el desarrollo futuro de la inteligencia en nuestro país. El especialista, al considerar que Chile tiene un C.I. promedio de 93 puntos, según el reporte “C.I. y la riqueza de las naciones”, de Richard Lynn, y un PIB de unos 15.400 dólares por persona al año, según datos de Index Mundi, señala que tardaríamos unos 25 años en alcanzar los 97 puntos de Finlandia, si el país sigue desarrollándose bajo las mismas condiciones que hasta la fecha.

por Jennifer Abate / Ilustración: Rafael Edwards

http://diario.latercera.com/2012/06/16/01/contenido/tendencias/26-111454-9-alcanzamos-el-limite-de-nuestra-inteligencia.shtml

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